Pendejazo!

El miercoles entré a las oficinas en el trabajo, con la intención de hablar con la jefa de recursos humanos para pedir mi solicitud de vacaciones. “Ah!”, me dijo la recepcionista, “ya tengo aqui tu tarjeta de regalo”. Firmé una hoja, y salí de ahí con mi solicitud y mi tarjeta.

Hasta hace un mes, debido a la crisis económica (según ellos), por cada idea que implementábamos en el trabajo, entrábamos a una rifa en la que nos ganábamos tarjetas de regalo de $100, a escoger de entre 4 o 5 tiendas. En esa última rifa (ya no hacen la rifa, porque una vieja protestó que como nunca se ganó nada, era injusto… gracias a ello ya no hay rifas, y ya no hay tarjetas de regalo de $100. Ahora, si es que tienes la suficiente motivación para implementar una idea, te dan una tarjeta de $25, y ya no te dan a escoger. Ya nadamas dan tarjetas para el super) me gané dos tarjetas. Las pedí para “Future Shop”, con la idea de comprar un otro disco duro externo de 1 Tb.
Días después, me informó la recepcionista que sólo tenía una de las tarjetas, porque se había equivocado y le había dado mi otra tarjeta a alguien más. Que si no quería una para una gasolinera. Le dije que no, y me dijo que después me daba la otra – la que me entregó el miércoles.

Fui a mi locker a guardar mis papeles y mi tarjeta, y regresé a trabajar. En la noche, cuando salí, pasé a mi locker, agarré mi tarjeta y la puse arriba de mi locker, junto con mi teléfono, mis cigarros y mi encendedor. Me cambié, agarré mis cosas, y me fui.
El jueves y el viernes me tocó trabajar en otra planta, y en el turno de la mañana. Cuando llegué a la casa el viernes, mientras me bañaba, se me ocurrió pensar en qué compraría con mi tarjeta. La otra ya me la había gastado, así que si quería mi disco duro, iba a tener que poner de mi bolsa, cosa que no quiero hacer, porque ya estoy en modo ahorrativo para Diciembre.
Entre pensamientos de la cantidad de cosas que podría comprar, llegó a mi mente una pequeña inquietud: no recordaba dónde había dejado la tarjeta. Salí de bañarme, y la busqué en mi repisa (donde siempre arrojo todo cuando llego a la casa). No había nada. “Ah!”, exclamé. “Seguramente en mi mochila!”, cosa improbable, pues el miercoles no me había llevado la mochila. Obviamente, tampoco estaba ahí. Y de pronto, como cubeta de agua fría, me cayó la revelación de que seguramente la habría dejado arriba de mi locker. Me puse a hacer memoria, y sí, es lo más probable. Que por el cansancio, la prisa de salirme, y los corajes que me habían hecho pasar, mi mente no haya registrado el hecho de que segundos antes, la había puesto arriba de mi locker.
El sábado por la mañana decidí que no perdía nada con irme al trabajo a buscarla. Desafortunadamente, el clima no cooperó. No tenía ganas de caminar dos horas bajo una lluvia fría.

Dudo que mi tarjeta siga ahí, aunque la parte optimista de mi cerebro quiere creer que si a mi se me olvidó la tarjeta porque no la ví, que nadie más la ha visto. Cosa improbable, lo se, pero la esperanza es lo que muere al último, dicen. Ahi les cuento.

Y si no la encuentro, no es el fin del mundo, como bien me dijeron. Solo me daré un par de zapes, por pendejo.

The Iceberg.

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