10 Cosas que (probablemente) no sabías sobre mi

Sin ningún tema en especial, estas son diez cosas que me vienen a la mente que quizá nadie, o solo unos cuantos, sepan sobre mi.

1. La razón principal por la que compré mi primera computadora en 1997 no fue por poder tener acceso a internet. Aunque esto después se convirtió en lo principal, la verdadera razón es la siguiente: Tenía mucha inquietud por escribir ficción. O sea, hacer una carrera como escritor.
La inquietud me duró poco más de un año, y aunque surge de repente, me falta la motivación (y el tiempo) para sentarme a transcribir mis ideas en un formato amplio.

2. Una vez, me dió tifoidea y varicela al mismo tiempo. Créanme, no fue nada padre. Lo peor fue que esto sucedió justo en tiempo de examenes finales en segundo de secundaria. Me daban chance de presentar exámenes extraordinarios, pero a decir verdad tuve tan malas experiencias en esa escuela que no lo pensé en cambiarme – aunque esto significó tener que repetir segundo.

3. El día que cumplí 13 años no fue el día más feliz de mi vida. Llegué de la escuela, y fui al baño. Una hora después, por fin salió de mi organismo algo semejante (en forma y en tamaño) a una pelota de tenis. Después mi tía me llevó al cine. Yo quería ver Rambo 2, pero como mis primos estaban chicos, acabamos viendo La Historia Sin Fin.

10cosas1

4. A pesar de haber sido “rebeldito”, volarme clases y para efectos prácticos ser todo un vándalo, durante mis 3 años de preparatoria fui representante de grupo. (Cómo estarían los demás!!).
Lo que más me gustaba de ser representante de grupo, aunque no era propiamente mi responsabilidad, era darle “salida” al grupo si el maestro no llegaba 5 minutos después del timbre.

5. Estuve a punto de ofrecerme, accidentalmente, a Kukulcán. Cuando regresé de los dos meses que estuve en Cancún, pasé por Mérida y me quedé dos días en casa de mi tío. Un día me preguntó qué quería hacer, y como yo estaba por dejar la Península de Yucatán, no quise desaprovechar. “Quiero ir a Chichén Itza”, le dije.
Al día siguiente nos fuimos, con un amigo de él. Yo iba en el asiento de atrás, con la hielera. Sobra decir que cuando llegué a Chichén Itzá ya estaba medio pedo.
Me quise asomar a uno de los cenotes, y me resbalé. Por suerte, me pude agarrar de una rama, o una piedra (no recuerdo).

6. Si bien no se me da eso de la cantada, es mucho más difícil entonar el himno nacional cuando tienes una pistola .45 apuntada a la cabeza.
Cuando a un compañero del Seguro Popular y a un servidor nos “levantaron” en la ciudad fronteriza de Miguel Alemán, Tam, por alguna razón pensaron que yo era gringo y que estaba tratando de pasar a mi compañero (moreno de a madres, para acabarla) a USA. Porqué estos gueyes quisieron tomar el trabajo de la patrulla fronteriza de USA, no lo se… pero a punta de pistola me hicieron cantar el Himno Nacional para demostrar mi nacionalidad.

Sing, Motherfucker!

Sing, Motherfucker!

7. Un día, mientras jugaba a la pelota con mis hermanas y algunos amigos cuando tenía unos 8 o 9 años, me cayó de sorpresa un ataque de ansiedad. Me di cuenta de mi propia mortalidad, y me metí corriendo asustado, a llorar a los brazos de mi mamá porque “no me quería morir nunca”.

8. A pesar de haber sido adolescente en la época, y a pesar de que casi todo el mundo siente nostalgia por ellas (y más ahora que están “en boga”), nunca tuve mucho interés en las caricaturas de los ’80.
Jamás me emocionó ver Transformers, He-Man, Mazzinger, GI Joe – y tampoco me interesó mucho la franquicia de Star Wars.
Y mientras que sé distinguir entre un Autobot y un Decepticon, por cultura general, no tengo idea de quien sea quien, salvo por Megatron y Optimus Prime. Esa década (y bueno, hasta la fecha) para mí todo era música. Mis hermanas saben más de He-Man que yo.

9. El día que recibí mi primer pago cuando empecé a trabajar como maestro de inglés en Harmon Hall, perdí mi cartera. No perdí mucho dinero, eran como 85 pesos (creo que la quincena llegó cuando apenas tenía como dos dias – o 7 horas de clase) pero aún así, me cagó. Lo que más me molestó es que estoy seguro que la perdí en el salón, durante una clase en particular, y siempre sospeché de dos alumnos. Pero la verdad nunca la sabré.

10. A veces es bueno tener la sangre fría (o el temple de acero, como prefieran). Me ha sido de utilidad en varias ocasiones. Una de las más importantes es cuando le salvé la vida a mi hija.
Algo se le alojó en la garganta, y mientras todos alrededor gritaban y no hacían nada, agarré a mi hija y le apliqué la Heimlich. Era un pedazo de pollo. Pobrecita, ya estaba morada.

Y bueno, pues me despido por ahora. Hay cosas que hacer, y no se está haciendo más temprano.

The Iceberg.

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