“Aniversario”

Un día como hoy, pero hace 10 años, el buen Iceberg contrajo nupcias. 10 AÑOS! Pinche tiempo, cómo vuela! Por supuesto, esas nupcias se descarrilaron hace como 7.

No lo platico con nostalgia, solo lo menciono porque recién me acordé (y anoche me lo volvieron a recordar). Así que espero que no se me ofendan por ahí.

Sólo les comparto un par de anécdotas de ese día.

Primeramente, aunque hace 10 años sí quería mucho a la persona en cuestión, el casarnos fue una mala decisión. Mucha gente nos advirtió, y no les hicimos caso. Prefirimos pensar con el corazón en lugar de la cabeza, y finalmente descubrimos, un par de años después, que aquellos a quienes tachábamos de “enemigos del amor” y otras pendejadas así tenían mucha razón.
Lo hicimos por las razones “correctas”, es decir, porque queríamos estar juntos e iniciar una vida. Vaya, no nos “obligaron a casarnos”, como se dice.

Dicen que es mala suerte ver a la novia con el vestido antes de la ceremonia, y aunque no soy supersticioso, vaya que resultó serlo. Pero era necesario, porque antes de los rituales teníamos que ir con el fotógrafo para la sesión de fotos oficial.
Y cómo me cagó esa sesión de fotos. De por sí odio mi sonrisa, y el pinche fotógrafo insistía en que yo sonriera. El resultado? En una de las fotos salgo con apariencia de Herman Munster – o Largo, de los Locos Addams, cuando sonríe.

De ahí, faltaban como dos horas para la iglesia. Me fui a la casa, y para calmar el nervio creo que me tomé una cuba. Sólo una, porque no quería llegar pedo. Nadie quiere llegar pedo a su propia boda. Bueno, quizá el príncipe Carlos, pero esa es otra historia.
Llegó mi “best man”, y de ahí nos fuimos. Se suponía que mi mamá me “entregaría”, como es la tradición, pero entre que el pinche padrecito tenía mucha prisa (razón 25,509 para alejarme de la religión organizada) y en la casa de mis papás hubo un par de contratiempos, terminó por entregarme mi hermana – antes de que llegaran mis papás.

El nervio estaba a todo lo que daba. Seguramente, pensábamos (y bromeábamos antes de), a uno de los dos nos iba a dar un ataque de risa, o un desmayo típico de programas como America’s Funniest Home Videos.
No ocurrió tal cosa. De ahí, al salón donde se llevaría a cabo la recepción. Faltaba la ceremonia civil, pero nadie nos indicó donde sería. Habían puertas por todos lados. “Vamos a entrar aqui”, dijimos, y abrimos la puerta equivocada – la del salón principal. Nos recibieron con aplausos quienes ya se encontraban ahí, nos dimos la vuelta y cerramos la puerta. Qué risa.

Termina la ceremonia civil, y ahora sí entramos al salón. Aplausos, saludos, felicitaciones, abrazos… brindis, cena, vals, todo lo típico.

Esa misma noche, nuestra primera como esposos, y todavía ahí en la recepción, nos peleamos. Ja! Resulta que ella quería bailar, y yo no. Sí, acabé bailando. O dizque.

Nos prestaron un coche para podernos ir a nuestra casa. En pleno atuendo de novios (yo con mi smoking rentado y ella con el vestido) nos bajamos en la tienda OK (antes de la invasión de OXXOs, era la única tienda que abría las 24 horas) para comprar cigarros.

Llegamos a la casa, nos pusimos a “brindar”, y en plena noche de bodas fuimos interrumpidos por el teléfono: “Que hacen! Vénganse a la torna!”. Okeeey!
Una hora después decidimos darnos una vuelta a la torna – ya no habia nadie.

Y bueno, ni hablar, las cosas no funcionaron, cada quien agarró su camino y se llevó una que otra lección. Pero no todo fue malo. De esa unión temporal salió lo mejor que tengo en la vida, mi hija.

The Iceberg.

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