El Misterio De La Extraña Desaparición De Mis Ligas Azules

Como todos saben, o deberían saber, tengo el cabello largo. No por mucho más, lamento decirles. Cada día que me miro al espejo me convenzo más de que ya es hora de cambiar de “look”.

Sin embargo, el punto, el tema de este post es cómo evito que mi cabello interfiera con mi capacidad para leer el monitor de la computadora, cómo evitar convertirme en un caso de combustión espontánea.

Desde tiempos inmemoriables (el año pasado) adopté dos ligas para amarrarme el cabello. En una ocasión compré un paquetito, y aunque mi vida dependiera de ello no tengo razón de donde quedaron las blancas, las negras… Solo utilizo una combinación de una azul marino y una azul celeste.
Las pobres ya ni siquiera tienen elasticidad. Para efectos prácticos, podría amarrarme el cabello con una tira de esas del pan. En el trabajo, y en la casa, varias veces las recogí del piso, despues de haberlas tenido puestas en la muñeca  (EN LA PINCHE MUÑECA!). Si eso habla de la falta de elasticidad de mis ligas, o de que soy un puto enclenque, no lo se.

El caso es que desde hace mas de una semana, no las encontraba por ningún lado. Siendo que no estoy trabajando de momento, y siendo la mierda antisocial que soy, no podían estar en ningún otro lugar mas que en mi casa. Volteé la cama al revés. Busqué abajo de cualquier cosa que pudiera levantar. Vaya, estuve a punto de abrir la coladera de la regadera. Y nada.

Tengo una semana poniendome una de las liguitas frondosas – en color blanco – que dejó mi vieja antes de irse. Quizá me veo gay. Eso, si no me pongo un gorro invernal, a pesar de que las temperaturas ya han estado mas chidas (en términos canadienses… 7 grados centígrados!).

Total, hoy (o técnicamente ayer, pero no me he ido a dormir) fui a casa de mi hermana. Me subí y me bajé como 3 veces de su carro, antes de llegar a su casa. En la chevería, en el supermercado, y en la tienda de video. Cuando llegamos a su edificio, nos bajamos del carro. Mientras debatíamos quién cargaría qué, volteé hacia el asiento de atrás, aquel que normalmente habito cuando voy de “ride” con ellos. Y de pronto veo un circulo apretado, en colores azul marino y azul celeste. Podría ser??

Sí, se trataba de mis ligas. Haciendo un recuento de la última vez que estuve en ese asiento (sin contar hoy, obvio), mis liguitas tenían dos semanas ahí. Me las traje. Las tenía en mi muñeca y se me acaban de caer. No me las había puesto, porque tengo la blanquita esa que, aunque me hace ver joto, mantiene mi cabello lejos de la flama del zippo, y me permite leer las pendejadas que estoy escribiendo. Pero mañana será otro día. Después de mi ducha, volveré a portar mis liguitas azules. Y seguiré contemplando la posibilidad de podarme la cabeza. Pero no les prometo nada.

The Iceberg.

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