Por alguna razón, amanecí hoy con una nostalgia por los cassettes. No me refiero a los pregrabados que compraba en lugares como “Musicland” y “Camelot” en McAllen, TX, o “MixUp” cuando iba de vacaciones al DF. Me refiero al cassette virgen, tanto en su forma de, este, “respaldo” de copias originales, y toda la onda del “mix tape”.

No recuerdo cuántas horas pasé frente a grabadoras y minicomponentes grabando cassette tras cassette, desde que empecé a hacerlo de las canciones que más me gustaban de los discos de mis papás (no era poco común que a mis 12 añitos ya tuviera cassettes con música tan variada como Black Sabbath, John Denver, J. Geils Band, el putito ese del pianito, Conway Twitty, y una que otra marcha de Strauss. Así era feliz en ese tiempo. Por supuesto, todavía no descubría la magia del botón de “pausa” del viejo estéreo, y entre cada canción se escuchaba un “PLOC!“, donde después del “stop” aplanaba al mismo tiempo “play” y “record”.
Unos añitos después, ya que mis papás me habían cedido el estéreo (no dejaba que nadie más lo usara – mejor se dieron por vencidos y me lo llevé a mi cuarto) empecé a escuchar el radio, y a desarrollar mi propio gusto por la música. Todavía hasta hace poco tenía un par de esos cassettes que grababa, ya viviendo en México, de WFM y de 97.7 Radio Hits. Por estas fechas empecé con mi colección de LPs (si, fue hace un chingo, pero ya vendían cassettes – el problema es que el estéreo ese tenía tornamesa y solo un deck para cassettes, y solo comprando LPs podía quemar grabar mis favoritas.
En alguna ocasión llegó a mis manos un cassette virgen (de esos de calidad patito – de hecho creo que la marca era Kmart, o no se… era rojo) que parecía tener propiedades mágicas. Era el único que había visto de 120 minutos!
Por supuesto, en las etapas tempranas de mi adolescencia, aún no comprendía lo que era el índice precio/calidad, por lo que siempre compraba cassettes baratos. De esos que vendían “en bolsita”, de 5 cassettes por que se yo, 10,000 (viejos) pesos. En su defecto, chingos y chingos de cassettes marca Ampex. Y Aurex, creo que también habían.

Fast forward a 1988. A estas alturas, ya vivía en Cd. Victoria. Seguía con mi fascinación por los cassettes, solo que ahora ya comprendía que Sony > Ampex, TDK > Aurex, y Memorex > MemorMex (jajaja que mierda!).
Ah! A todo esto, el viejo estéreo ya se había convertido en historia. Pero a mi hermana en su cumpleaños le regalaron una grabadora con doble cassettera, el momento en el que decidí actualizar mi consumo de la música y empecé a comprar cassettes. Mi último LP fue el New Jersey de Bon Jovi, y mi primer cassette el And Justice For All de Metallica. Bueno, continuemos con el relato.
Afortunadamente, en los puestecitos de la calle encontraba cassettes de esas marcas a precios razonables. Un buen día, sin embargo, el señor del puesto no tenía los Sony azules de 60 minutos. Tuve que comprar, casi al doble del precio, un Sony de 90 minutos. Dizque de cromo, quien sabe que sea eso. En cassettes, no el elemento químico en sí.
Llegué a mi casa, le agandallé la grabadora a mi hermana, y me hice un mix tape con canciones de, chequense esto, Metallica, Kiss, Depeche Mode, Winger, Poison, Alice Cooper, Rod Stewart y Ratt, entre otros. Qué pedo. Pero el cassette en sí se oía chingonsísimo. Y a diferencia de lo que estaba acostumbrado, duraba una hora y media. “Debe ser el cromo”, pensé. Desde entonces siempre preferí los de cromo.

Cada vez que uno de mis amigos (y en ocasiones amigos de mis amigos) compraba algún cassette, se lo pedía para grabarlo. Claro, yo compraba los míos y también los prestaba. Éramos todo un mini-napster en esa época. Pero lo más chingón era hacer mix tapes.
Típico, te gustaba alguien y le grababas las baladitas. Pero mientras 15 o 20 galancitos les regalaban cancioncitas de Luis Miguel y del otro pendejo ese, yo tenía la ventaja de ser un poco más original. “Every rose has its thorn”, de Poison, “To be with you” de Mr. Big, “More than words”de Extreme (antes de que la acabara odiando), y como era un pendejo que compraba todo lo que veía en la Circus y en Hit Parader, tenía muchos otros cassettes de donde sacar baladitas que las viejas nunca habían escuchado.
Grababas el cassette, le ponías un mensaje bonito en el cartoncillo, y esperabas que la dama en cuestión cayera rendida. En mi caso eso nunca sucedió. A lo mejor esperaban “La Incondicional”, y no “Hysteria” de Def Leppard, o canciones más desconocidas de Trixter, Cinderella o L.A. Guns.
Hablando de Hysteria, ese album lo grabé en un cassette de 60 minutos. El lado A no cabía, asi que me aventé una edición (que me quedó bastante chingona) de “Rocket” para que cupiera. A los 3 segundos de que termina “Armageddon It”, se escucha la cinta transparente que marca el fin del lado del cassette. Ese se lo presté a un amigo, no lo volví a ver. =(
Los mix tapes personales tambien eran una chingonada. Grababas tus favoritas y ya. Esto era importante en aquella época, porque a diferencia de los CDs, los MP3 y los iPods, había que estarle atinando a la canción que querías, adelantando y regresando el cassette hasta encontrar el punto en el que la canción empezaba.
Así, grababa dos tipos de cassettes: o el típico con canciones de chingos de fuentes, o con las favoritas de un solo grupo. Se hizo tradición personal comprar de los de cromo de 90 minutos, y dedicarle un lado a cada grupo. Por ejemplo, Lado A: Metallica; Lado B: Megadeth. O Lado A: Skid Row; Lado B: Guns N’ Roses.
Ahorita, la tecnología permite hacer eso y más con la música, incluso sin las limitaciones de “60 minutos”, “90″ o “100″. Puedes agarrar un iPod de 8 GB y crear el playlist de 5,000 canciones más chingon del universo (o armar 50 playlists de 100 canciones). Pero ya no es un arte. Ya no tiene nostalgia. Ya es parte de la vida diaria.
Prefiero la tecnología actual, pero al menos por hoy, extraño los cassettes.
The Iceberg