Mi Cumpleaños

Octubre 28, 2009

Hace mucho que no escribo aqui… a ver si todavía me acuerdo.

Pues el domingo me tocó cumplir años. En promedio, cumplí 27 (mi edad física + mi edad mental / 2). La verdad, me la pasé muy bien, desde el sábado.
Creo que toda la gente que esperaba que se acordara, lo hizo (algunos apenas hasta ayer martes me felicitaron, pero bueno, se agradece todavía), y gente que no esperaba que se acordara tambien me felicitó. De hecho, temprano en la semana había quitado mi fecha de cumpleaños de Facebook – en mi loquera, pensaba que era mejor que me felicitaran los que sí se acordaban, y no los que veían mi cumpleaños en Facebook.
Solo hubo una notable excepción, como todos los años. Ya sabía que mi hija no me iba a llamar, y no porque ella no quiera. Pero tenía una pequeña esperanza.

Total, el sábado vinieron mi hermana y mi cuñado, armados con una caja de cerveza y un paquete de alitas. Vía Skype me acompañó un rato Number Six. La pasé muy bien. Para el domingo, tenía pensado invitar a comer a mis hermanas y a sus familias, ya tenía pensado todo un menú, pero el sábado mi hermana me convenció de que no era “justo” que me pasara mi cumpleaños cocinando, que mejor me dejara consentir, y que me llevarían a algún lado. Acepté.

Con el repentino cambio de planes, me di el lujo de levantarme tarde el domingo. Estuve un rato en la computadora, recibí otra tanda de felicitaciones, y llegó mi hermana por mi. Le pedí que antes de ir al restaurant me llevara a la licorería, para comprarme mi regalo (siempre me compro una botella de Jack Daniels), y de ahí nos fuimos al restaurant. La pasamos bien, de ahí nos regresamos a mi casa, estuvimos un rato, y fue hasta las 10 PM que se me ocurrió abrir la de Jack Daniels. A partir de ahí no recuerdo mucho. JA!

Pero sí, ya tengo “27″. Y la pasé muy bien, el fin de semana. Gracias a todos los que estuvieron conmigo, de alguna u otra manera. Estoy seguro que aunque no me pudo hablar, mi hija se acordó también.

The Iceberg


Pendejazo! #2 – La Conclusión

Septiembre 29, 2009

Lunes. Por fin me quitaría la idea de la cabeza de que mi tarjeta aún estaría encima de mi locker. De una vez por todas, la esperanza moriría.

Mientras entro a la planta y me formo en la pequeña fila para poder registrar mi entrada al trabajo, uno de los compañeros del turno de la mañana llega a formarse, para registrar su salida.
Se me queda viendo, y me dice “la encontré”. Sin dar muchos detalles, como para saber si yo sabía de qué estaba hablando.
“Con madre!”, exclamo. Me dice que la vio arriba de mi locker, y asumió que era mía. Que se la había entregado al supervisor, para que me la diera.
El compañero checa su salida, y se sale. Yo me salgo también, porque me quedan 15 minutos antes de que comience mi turno, y como siempre, me voy a fumar un cigarro. Le doy las gracias a mi compañero una vez más, y me dice “si, no te preocupes. A mi no me gusta quitarle a los demás lo que no es mío. Tú te habías ganado esa tarjeta, y no sería justo que alguien más se quedara con ella”. Le recuerdo que técnicamente, ya no era mía porque la había extraviado. Nos despedimos, comienza mi turno, y me topo con el supervisor.
“No le entregó Kevin lo que dejé arriba de mi locker el miercoles?”, le pregunto. Se queda pensando, y me dice “ah, si!”, y me entrega mi tarjeta.

giftcard

Así que finalmente me pude reencontrar con mi mentada tarjetita. Acto seguido, me fui a mi locker y esta vez me aseguré de no dejarla arriba de él. La puse en mi mochila. Ya sería demasiado pendejo si dejara la mochila arriba del locker. No que no sea capaz… hace unas semanas había dejado mi iPod Shuffle en ese mismo lugar. Por suerte, al salir a la calle me percaté que me faltaba algo en los oídos, y me regresé por él. Aún estaba ahí.

Finalmente, son de esas anécdotas que te recuerdan que por más que saques generalizaciones absurdas acerca de que el mundo apesta, todavía hay gente honesta. A decir verdad, me sentí más chingón porque me habían echado la mano, que por lo que pueda tener de valor la tarjeta, que ya daba por perdida. Ahí luego le invito unas cheves al guey.

The Iceberg.


Pendejazo!

Septiembre 28, 2009

El miercoles entré a las oficinas en el trabajo, con la intención de hablar con la jefa de recursos humanos para pedir mi solicitud de vacaciones. “Ah!”, me dijo la recepcionista, “ya tengo aqui tu tarjeta de regalo”. Firmé una hoja, y salí de ahí con mi solicitud y mi tarjeta.

Hasta hace un mes, debido a la crisis económica (según ellos), por cada idea que implementábamos en el trabajo, entrábamos a una rifa en la que nos ganábamos tarjetas de regalo de $100, a escoger de entre 4 o 5 tiendas. En esa última rifa (ya no hacen la rifa, porque una vieja protestó que como nunca se ganó nada, era injusto… gracias a ello ya no hay rifas, y ya no hay tarjetas de regalo de $100. Ahora, si es que tienes la suficiente motivación para implementar una idea, te dan una tarjeta de $25, y ya no te dan a escoger. Ya nadamas dan tarjetas para el super) me gané dos tarjetas. Las pedí para “Future Shop”, con la idea de comprar un otro disco duro externo de 1 Tb.
Días después, me informó la recepcionista que sólo tenía una de las tarjetas, porque se había equivocado y le había dado mi otra tarjeta a alguien más. Que si no quería una para una gasolinera. Le dije que no, y me dijo que después me daba la otra – la que me entregó el miércoles.

Fui a mi locker a guardar mis papeles y mi tarjeta, y regresé a trabajar. En la noche, cuando salí, pasé a mi locker, agarré mi tarjeta y la puse arriba de mi locker, junto con mi teléfono, mis cigarros y mi encendedor. Me cambié, agarré mis cosas, y me fui.
El jueves y el viernes me tocó trabajar en otra planta, y en el turno de la mañana. Cuando llegué a la casa el viernes, mientras me bañaba, se me ocurrió pensar en qué compraría con mi tarjeta. La otra ya me la había gastado, así que si quería mi disco duro, iba a tener que poner de mi bolsa, cosa que no quiero hacer, porque ya estoy en modo ahorrativo para Diciembre.
Entre pensamientos de la cantidad de cosas que podría comprar, llegó a mi mente una pequeña inquietud: no recordaba dónde había dejado la tarjeta. Salí de bañarme, y la busqué en mi repisa (donde siempre arrojo todo cuando llego a la casa). No había nada. “Ah!”, exclamé. “Seguramente en mi mochila!”, cosa improbable, pues el miercoles no me había llevado la mochila. Obviamente, tampoco estaba ahí. Y de pronto, como cubeta de agua fría, me cayó la revelación de que seguramente la habría dejado arriba de mi locker. Me puse a hacer memoria, y sí, es lo más probable. Que por el cansancio, la prisa de salirme, y los corajes que me habían hecho pasar, mi mente no haya registrado el hecho de que segundos antes, la había puesto arriba de mi locker.
El sábado por la mañana decidí que no perdía nada con irme al trabajo a buscarla. Desafortunadamente, el clima no cooperó. No tenía ganas de caminar dos horas bajo una lluvia fría.

Dudo que mi tarjeta siga ahí, aunque la parte optimista de mi cerebro quiere creer que si a mi se me olvidó la tarjeta porque no la ví, que nadie más la ha visto. Cosa improbable, lo se, pero la esperanza es lo que muere al último, dicen. Ahi les cuento.

Y si no la encuentro, no es el fin del mundo, como bien me dijeron. Solo me daré un par de zapes, por pendejo.

The Iceberg.


Feliz Cumpleaños, Hijita!

Septiembre 22, 2009

Hace 9 años me encontraba convertido en un manojo de nervios. Entraba a la sala de urgencias, preguntaba si habían noticias, no se me informaba nada, me salía a fumar un cigarro. Regresaba a preguntarle a las enfermeras, a la familia… nadie decía nada. Salía a fumar una vez más. Ese ciclo lo repetí muchísimas veces, durante toda la mañana. A veces acompañado de mi mamá, a veces con alguno de mis cuñados (mis hermanas no fuman, pero a veces se salían conmigo).
Ya estaba desesperado, nadie me decía nada y ya habían transcurrido horas interminables. Corría así un día más en la vida de una bola de enfermeras, médicos y trabajadoras sociales mediocres. Un día más de trabajo en una clínica del IMSS. Pero para mi no era un día normal, y la falta de empatía de estos seres de mierda ya me estaba colmando la paciencia. No era un día para ponerse de mal humor, pero no lo podía evitar.
Mi entonces esposa estaba ahí adentro, y yo no sabía si la bebé ya había nacido, si ya era papá, o si habría pasado algo y esa era la razón por la que no me decían nada.
En una de esas, ya desesperado, me metí por la puerta que separa la sala de espera y los pasillos que llevaban a las distintas áreas del hospital. No llegué muy lejos, y no me sirvió de nada haber entrado, porque al personal del lugar le importaba más el hecho de que había violado un área restringida en busca de alguna persona competente que me pudiera revelar algo de información, que el ser personas competentes que me revelaran algo de información.
Tiempo después, a mi suegra sí le permitieron el acceso, y minutos después salió, sonriente, a abrazarme y a felicitarme. Ya había nacido mi hija, y todo estaba bien. Ya por la tarde se nos permitió subir a verlas, y fue el primer momento en el que tuve en mis brazos a quien sólo conocía por las imágenes del ultrasonido, pero a quien ya quería muchísimo. Como el personal del IMSS no puede ver gente feliz, porque se acomplejan, una guardia de seguridad llegó a corrernos, y no exactamente de la mejor manera. Para efectos practicos, nos corrió como carnicero corriendo a un perro que insiste en estar afuera de su tienda. Nadamás le faltó la cubeta de agua. Pero no me importó.

Después de ello, solo estuve presente en sus primeros tres cumpleaños. Después de eso, la vida hizo de las suyas, y han habido ocasiones en las que ni siquiera se me ha permitido hablarle para felicitarla.
Su primera fiesta de cumpleaños fue un caos, en lo que se refiere a la decoración. Todo lo demás salió muy bien, pero había decoraciones de Snoopy, y de último momento, al percatarnos de que se nos había olvidado la vela del pastel, recurrimos a mi hermana, que un par de meses antes había festejado el cumpleaños de mi sobrino, y el pastel acabo con una vela de Tigger.
La segunda fue en la palapa de una de las amistades de mi ex, y de lo poco que recuerdo, había un Pooh gigante hecho de unicel.
La tercera fue en una palapa, en un hotel de Ciudad Victoria. Fue mas peda que fiesta infantil, porque se atravesó con otro festejo – la boda de mi cuñado, si mal no recuerdo.

birthday

Hoy cumple 9 años, mi hija. Es cuando uno se da cuenta que el tiempo vuela. Me acuerdo cuando vivía con ella, cuando la acostaba en su cuna y le “cantaba” canciones para arrullarla, cuando se asustó por las estrellas que le puse en su recámara – de esas que brillan en la oscuridad, cuando se reía de las caras de “fuchi” que hacía cuando le cambiaba el pañal, cuando le preparaba sus papillas de plátano con azucar (que le encantaban), y ya un poco más grandecita, las noches en las que rockeábamos con el DVD de Slipknot y después veíamos “Buscando a Nemo”. Y la vez que me hizo una michelada cuando le ganó la curiosidad por ver cómo me preparaba una.
Ahora ya está en 4° de primaria, ya habla de niños que le gustan, ya no se conforma con monos de peluche (para este cumpleaños, me pidió un iPhone…), y ya no es tan facil hacerla reir a carcajadas cambiándole la letra a las canciones que le gustan. Pero lo seguiré intentando.

Felicidades, Valky!!

The Iceberg.


Hace 4 años…

Septiembre 19, 2009

Los días suelen pasar muy lentamente. Tipico es el momento que volteas a ver el reloj en el trabajo, y te dices a ti mismo: “Qué? Las 5 apenas? Me faltan 6 horas y media?”.
Pero los meses, los años, eso es diferente. Ellos sí vuelan. Aunque a veces ya queramos que sea diciembre y se nos haga eterno, no podemos dejar de ver el calendario y decir “ah puta, ya casi termina septiembre!”. Y en cuanto a los años, qué decir.

Un día como hoy, 19 de Septiembre, hace 4 años me subí a un avión en Brownsville, TX, y horas después aterricé en Buffalo, NY, donde mi hermana y mi cuñado me estaban esperando para llevarme a su casa, en Canadá. Lo que tantos años había deseado, por fin se me habia hecho realidad.
Llegamos a casa de mi hermana ya tarde, y sin ganas de mucho. Además ellos tenían que trabajar al día siguiente. En la mañana me despertó una podadora. Salí a ver los alrededores (la casa) y no había nadie. Me asomé afuera (así empezaba una larga trayectoria de políticas de no poder fumar bajo techo en ninguna parte en Canadá) y recibí los olores del final del verano. El pasto recién cortado, en particular, era un olor que siempre había relacionado con Canadá – curiosamente alguien había decidido podar su césped justo ese martes en la mañana.

A decir verdad, hubiera llegado desde antes a Canadá. Se atravesó un contratiempo a la hora de tramitar mi pasaporte canadiense, y no llegué a la boda de mi hermana. Pero finalmente ella me había regalado el boleto, nadamás lo canjeamos por una fecha posterior.
Tenía un plazo de dos meses para quedarme en su casa, ver si me gustaba Canadá, y encontrar algún trabajo para poderme pagar mi propia renta. Menos de un mes después de haber llegado, ya tenía trabajo, y por necesidad me extendieron el plazo de estancia a 3 meses. En el pueblito donde viven ellos no había opciones viables de renta, y era ahí donde había encontrado trabajo. Fue un trabajo temporal, y antes de regresar a México en Diciembre, ya había dejado pagado mi primer mes de renta en mi propio lugar.

Y ahora pienso “Ya hace 4 años de eso?”.

Lo curioso es que al dejar atrás México, ya me estaba volviendo loco, dada la situación personal que atravesaba. Y ahora me estoy volviendo loco por todo lo que tengo en México. Todo está muy lejos.

The Iceberg.


Una Conversación Interesante (Oh Yeah!)

Agosto 27, 2009

Ahora que mi compañero de turno está de vacaciones del trabajo (para atender a su recien nacida), me ha tocado irme caminando, lo cual me encanta.
Últimamente, en lugar de irme escuchando música, me ha dado por ir escuchando podcasts. Ayer, a las 2.30 de la tarde, salí con rumbo al trabajo. Como a la mitad del camino, me pita un guey y se orilla – es un compañero de la planta, que amablemente me está ofreciendo un aventón al trabajo. “Diantres!”, pienso. yo quería caminar y escuchar mi podcast. Total, llegamos al trabajo más temprano de lo que tenía pensado. Me siento afuera, a continuar escuchando mi podcast.
En eso llega un par de gueyes, y se sientan conmigo. No necesariamente a platicar conmigo, pero por “educación” tengo dos opciones: quitarme los audífonos, o alejarme de ahí.
Elijo la segunda opción. Prefiero escuchar las pendejadas que dicen los del podcast, a pláticas de máquinas del trabajo. Me pongo a la vuelta, afuera de la oficina de envíos. Enciendo un cigarro, y me pierdo en el maravilloso mundo de pendejadas que están diciendo los del podcast. En eso, alguien me saluda.

“ESTÁ BIEN, PINCHE MUNDO, NO ESCUCHO MI PODCAST, Y YA!”, pienso, mientras volteo a ver quién me saluda. Es mi jefe. Bueno, no. Es el jefe, del jefe de mi jefe. En otras palabras, el mandamás de nuestro departamento.

Platicamos otro par de cosas antes, pero en eso la conversación dió este giro:

JEFE: “Cuando tienes pensado ir a Mexico?”
YO: “Pues si se puede, en Diciembre”.
JEFE: “Ah, órale. Pues qué bien, deberías ir comprando tu vuelo ahorita que están baratos, porque mientras más se acerque Diciembre, más caros los vas a encontrar.”
YO: “Sí, pero todavía no se si la planta va a cerrar, o cual va a ser el plan para de aquí a entonces”.
JEFE: “Todavía tienes días de vacaciones, no?”
YO: “Sí, pero solo son dos semanas. Como no pude ir en verano, quisiera ir más tiempo”.
JEFE: “Sí, te entiendo. Mira, de aqui a Diciembre no creo que cambie mucho la situación, así que no veo porqué no te puedas ir más tiempo”.
YO: “Pues sí, voy a checar lo del boleto, y tambien tengo que ver si logro ahorrar”.
JEFE: “Mira, tu compra tu boleto. Finalmente yo soy el que autoriza los permisos, y te estoy diciendo, te voy a dar el permiso”.
YO: “Gracias!”
JEFE: (Tomando su Blackberry) “Nos vemos más tarde, me están llamando”. Se mete a la oficina.

Esa conversación fue mas interesante que cualquier podcast. Mi jefe es chingón.

Así que ya tengo permiso del trabajo. Ya nadamas me falta el dinero. Y esperar que Septiembre, Octubre y Noviembre se pasen volando. Pero por lo pronto, mi mente ya está en Modo Victoria.

The Iceberg.


Un sueño raro

Agosto 7, 2009

Normalmente no me gusta discutir lo que sueño. A decir verdad, difícilmente recuerdo lo que soñé la noche anterior. Pero en ocasiones los sueños llegan de una manera tan fuerte (el típico “se sintió bien real”), que dependiendo del material que hayamos soñado, nos levantamos más felicies, más tristes, o más sacados de onda que de costumbre.

Anoche tuve uno de esos sueños que me dejó sacado de onda, quizá porque sí se sintió “real”. Esto es lo que recuerdo:

Estaba en el estacionamiento de mi trabajo. Llegó mi novia, y por alguna razón traía un aparato GPS. Empezaba a hacer mucho aire, y el aire empujaba los carros contra los demás. Hubo un muerto. Nos metían a la planta y nos informaban que había habido un muerto. Salíamos otra vez al estacionamiento, y un compañero estaba lavando su camioneta. La novia dejaba el GPS en el tablero de ese compañero, y nos íbamos. En eso, me acordaba del GPS y me regresaba por él. La novia se iba. Yo me metía a la camioneta y platicaba (en español, aunque se supone que estábamos en Canadá) con el compañero. En eso se nos cerraba un camión, y mi compañero exclamaba “otra vez estos gueyes”. Se bajaban como 5 personas, todas cargando comida – pan, arroz, y un guiso que se veía muy rico.
Mi compañero me explicaba que desde que le dio apendicitis, todos los días llegaban estas personas a darle comida. Y él regalaba esa comida a una comunidad.

Okeeey!

Ah, y una de las personas del camión era una joven como de 20 años, de apariencia hindú. Pero me gustaba.

Después de eso, me llamaba mi jefe. Me explicaba que a él y a mi nos había tocado organizar un evento infantil. No sé porqué, puesto que tanto en la vida real como en el sueño trabajo en una fábrica de piezas metálicas, no en el departamento de relaciones públicas de una organización de desarrollo social, pero en fin.
Para efectos del evento infantil, yo era el jefe. Me entregaban las llaves del salón, del baño, y del bar (?).
En eso empezaban a llegar los niños, y todos me rodeaban como si yo fuera su ídolo. Me asomaba, y veía que el bar estaba vacío. Esto representaba un problema, quien sabe porqué, si era una función para niños… pero en el sueño me estresaba. Tenía que ir a recoger a unas personas. Me iba en el transporte público. Las recogía, y regresábamos en transporte público. Una de estas personas venía gritando en el camión, y la conductora lo quería bajar. Teníamos rato ahi parados, porque este guey no se bajaba, y la conductora se rehusaba a continuar hasta que eso sucediera. Terminé por bajarme yo. Caminé hasta el evento, que ya había comenzado. Mi jefe se había ido – me había dejado todo el paquete a mi.
Nunca vi qué era el evento en sí, pero al final todos los niños continuaban tratándome como si fuera algún superhéroe, o algún personaje de la tele. Los papás me felicitaban porque había sido el mejor evento de su tipo.

Y en eso me desperté.

Como no creo en la interpretación de sueños, no se qué pensar. Es la segunda vez en 3 noches que sueño con niños – la otra noche soñé que iba con un grupo de niños en una expedición por descubrir la receta de la Coca-Cola. Y al igual que este sueño, todo lo que hacía y decía le fascinaba a los niños.

Ja. Será que es hora de renunciar a la fábrica e irme de payasito?

The Iceberg.


“Aniversario”

Julio 24, 2009

Un día como hoy, pero hace 10 años, el buen Iceberg contrajo nupcias. 10 AÑOS! Pinche tiempo, cómo vuela! Por supuesto, esas nupcias se descarrilaron hace como 7.

No lo platico con nostalgia, solo lo menciono porque recién me acordé (y anoche me lo volvieron a recordar). Así que espero que no se me ofendan por ahí.

Sólo les comparto un par de anécdotas de ese día.

Primeramente, aunque hace 10 años sí quería mucho a la persona en cuestión, el casarnos fue una mala decisión. Mucha gente nos advirtió, y no les hicimos caso. Prefirimos pensar con el corazón en lugar de la cabeza, y finalmente descubrimos, un par de años después, que aquellos a quienes tachábamos de “enemigos del amor” y otras pendejadas así tenían mucha razón.
Lo hicimos por las razones “correctas”, es decir, porque queríamos estar juntos e iniciar una vida. Vaya, no nos “obligaron a casarnos”, como se dice.

Dicen que es mala suerte ver a la novia con el vestido antes de la ceremonia, y aunque no soy supersticioso, vaya que resultó serlo. Pero era necesario, porque antes de los rituales teníamos que ir con el fotógrafo para la sesión de fotos oficial.
Y cómo me cagó esa sesión de fotos. De por sí odio mi sonrisa, y el pinche fotógrafo insistía en que yo sonriera. El resultado? En una de las fotos salgo con apariencia de Herman Munster – o Largo, de los Locos Addams, cuando sonríe.

De ahí, faltaban como dos horas para la iglesia. Me fui a la casa, y para calmar el nervio creo que me tomé una cuba. Sólo una, porque no quería llegar pedo. Nadie quiere llegar pedo a su propia boda. Bueno, quizá el príncipe Carlos, pero esa es otra historia.
Llegó mi “best man”, y de ahí nos fuimos. Se suponía que mi mamá me “entregaría”, como es la tradición, pero entre que el pinche padrecito tenía mucha prisa (razón 25,509 para alejarme de la religión organizada) y en la casa de mis papás hubo un par de contratiempos, terminó por entregarme mi hermana – antes de que llegaran mis papás.

El nervio estaba a todo lo que daba. Seguramente, pensábamos (y bromeábamos antes de), a uno de los dos nos iba a dar un ataque de risa, o un desmayo típico de programas como America’s Funniest Home Videos.
No ocurrió tal cosa. De ahí, al salón donde se llevaría a cabo la recepción. Faltaba la ceremonia civil, pero nadie nos indicó donde sería. Habían puertas por todos lados. “Vamos a entrar aqui”, dijimos, y abrimos la puerta equivocada – la del salón principal. Nos recibieron con aplausos quienes ya se encontraban ahí, nos dimos la vuelta y cerramos la puerta. Qué risa.

Termina la ceremonia civil, y ahora sí entramos al salón. Aplausos, saludos, felicitaciones, abrazos… brindis, cena, vals, todo lo típico.

Esa misma noche, nuestra primera como esposos, y todavía ahí en la recepción, nos peleamos. Ja! Resulta que ella quería bailar, y yo no. Sí, acabé bailando. O dizque.

Nos prestaron un coche para podernos ir a nuestra casa. En pleno atuendo de novios (yo con mi smoking rentado y ella con el vestido) nos bajamos en la tienda OK (antes de la invasión de OXXOs, era la única tienda que abría las 24 horas) para comprar cigarros.

Llegamos a la casa, nos pusimos a “brindar”, y en plena noche de bodas fuimos interrumpidos por el teléfono: “Que hacen! Vénganse a la torna!”. Okeeey!
Una hora después decidimos darnos una vuelta a la torna – ya no habia nadie.

Y bueno, ni hablar, las cosas no funcionaron, cada quien agarró su camino y se llevó una que otra lección. Pero no todo fue malo. De esa unión temporal salió lo mejor que tengo en la vida, mi hija.

The Iceberg.


Cassettes!

Julio 11, 2009

Por alguna razón, amanecí hoy con una nostalgia por los cassettes. No me refiero a los pregrabados que compraba en lugares como “Musicland” y “Camelot” en McAllen, TX, o “MixUp” cuando iba de vacaciones al DF. Me refiero al cassette virgen, tanto en su forma de, este, “respaldo” de copias originales, y toda la onda del “mix tape”.

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No recuerdo cuántas horas pasé frente a grabadoras y minicomponentes grabando cassette tras cassette, desde que empecé a hacerlo de las canciones que más me gustaban de los discos de mis papás (no era poco común que a mis 12 añitos ya tuviera cassettes con música tan variada como Black Sabbath, John Denver, J. Geils Band, el putito ese del pianito, Conway Twitty, y una que otra marcha de Strauss. Así era feliz en ese tiempo. Por supuesto, todavía no descubría la magia del botón de “pausa” del viejo estéreo, y entre cada canción se escuchaba un “PLOC!“, donde después del “stop” aplanaba al mismo tiempo “play” y “record”.

Unos añitos después, ya que mis papás me habían cedido el estéreo (no dejaba que nadie más lo usara – mejor se dieron por vencidos y me lo llevé a mi cuarto) empecé a escuchar el radio, y a desarrollar mi propio gusto por la música. Todavía hasta hace poco tenía un par de esos cassettes que grababa, ya viviendo en México, de WFM y de 97.7 Radio Hits. Por estas fechas empecé con mi colección de LPs (si, fue hace un chingo, pero ya vendían cassettes – el problema es que el estéreo ese tenía tornamesa y solo un deck para cassettes, y solo comprando LPs podía quemar grabar mis favoritas.
En alguna ocasión llegó a mis manos un cassette virgen (de esos de calidad patito – de hecho creo que la marca era Kmart, o no se… era rojo) que parecía tener propiedades mágicas. Era el único que había visto de 120 minutos!
Por supuesto, en las etapas tempranas de mi adolescencia, aún no comprendía lo que era el índice precio/calidad, por lo que siempre compraba cassettes baratos. De esos que vendían “en bolsita”, de 5 cassettes por que se yo, 10,000 (viejos) pesos. En su defecto, chingos y chingos de cassettes marca Ampex. Y Aurex, creo que también habían.

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Fast forward a 1988. A estas alturas, ya vivía en Cd. Victoria. Seguía con mi fascinación por los cassettes, solo que ahora ya comprendía que Sony > Ampex, TDK > Aurex, y Memorex > MemorMex (jajaja que mierda!).
Ah! A todo esto, el viejo estéreo ya se había convertido en historia. Pero a mi hermana en su cumpleaños le regalaron una grabadora con doble cassettera, el momento en el que decidí actualizar mi consumo de la música y empecé a comprar cassettes. Mi último LP fue el New Jersey de Bon Jovi, y mi primer cassette el And Justice For All de Metallica. Bueno, continuemos con el relato.
Afortunadamente, en los puestecitos de la calle encontraba cassettes de esas marcas a precios razonables. Un buen día, sin embargo, el señor del puesto no tenía los Sony azules de 60 minutos. Tuve que comprar, casi al doble del precio, un Sony de 90 minutos.  Dizque de cromo, quien sabe que sea eso. En cassettes, no el elemento químico en sí.
Llegué a mi casa, le agandallé la grabadora a mi hermana, y me hice un mix tape con canciones de, chequense esto, Metallica, Kiss, Depeche Mode, Winger, Poison, Alice Cooper, Rod Stewart y Ratt, entre otros. Qué pedo. Pero el cassette en sí se oía chingonsísimo. Y a diferencia de lo que estaba acostumbrado, duraba una hora y media. “Debe ser el cromo”, pensé. Desde entonces siempre preferí los de cromo.

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Cada vez que uno de mis amigos (y en ocasiones amigos de mis amigos) compraba algún cassette, se lo pedía para grabarlo. Claro, yo compraba los míos y también los prestaba. Éramos todo un mini-napster en esa época. Pero lo más chingón era hacer mix tapes.

Típico, te gustaba alguien y le grababas las baladitas. Pero mientras 15 o 20 galancitos les regalaban cancioncitas de Luis Miguel y del otro pendejo ese, yo tenía la ventaja de ser un poco más original. “Every rose has its thorn”, de Poison, “To be with you” de Mr. Big, “More than words”de Extreme (antes de que la acabara odiando), y como era un pendejo que compraba todo lo que veía en la Circus y en Hit Parader, tenía muchos otros cassettes de donde sacar baladitas que las viejas nunca habían escuchado.
Grababas el cassette, le ponías un mensaje bonito en el cartoncillo, y esperabas que la dama en cuestión cayera rendida. En mi caso eso nunca sucedió. A lo mejor esperaban “La Incondicional”, y no “Hysteria” de Def Leppard, o canciones más desconocidas de Trixter, Cinderella o L.A. Guns.

Hablando de Hysteria, ese album lo grabé en un cassette de 60 minutos. El lado A no cabía, asi que me aventé una edición (que me quedó bastante chingona) de “Rocket” para que cupiera. A los 3 segundos de que termina “Armageddon It”, se escucha la cinta transparente que marca el fin del lado del cassette. Ese se lo presté a un amigo,  no lo volví a ver. =(

Los mix tapes personales tambien eran una chingonada. Grababas tus favoritas y ya. Esto era importante en aquella época, porque a diferencia de los CDs, los MP3 y los iPods, había que estarle atinando a la canción que querías, adelantando y regresando el cassette hasta encontrar el punto en el que la canción empezaba.
Así, grababa dos tipos de cassettes: o el típico con canciones de chingos de fuentes, o con las favoritas de un solo grupo. Se hizo tradición personal comprar de los de cromo de 90 minutos, y dedicarle un lado a cada grupo. Por ejemplo, Lado A: Metallica; Lado B: Megadeth. O Lado A: Skid Row; Lado B: Guns N’ Roses.

Ahorita, la tecnología permite hacer eso y más con la música, incluso sin las limitaciones de “60 minutos”, “90″ o “100″. Puedes agarrar un iPod de 8 GB y crear el playlist de 5,000 canciones más chingon del universo (o armar 50 playlists de 100 canciones). Pero ya no es un arte. Ya no tiene nostalgia. Ya es parte de la vida diaria.
Prefiero la tecnología actual, pero al menos por hoy, extraño los cassettes.

The Iceberg


Nuevo Logo

Julio 7, 2009

Como que Londres en ruinas no iba mucho de acuerdo con el tema de este post. Por otro lado, recién reinstalé el software de mi scanner y pude escanear la imagen a pluma y papel que recreé de la carita que desde hace unos 20 años dibujé por primera vez, en la prepa.

La carita trae todo, y va muy de acuerdo con las cosas que escribo aqui, que en un 80% del tiempo tienen que ver con la frase “me caga…”.

Pero cambio más seguido de logos que de calzones, así que igual y cambio o modifico la imagen. Por lo pronto, así me gustó y así la dejé. La emoción de escanear mi carita, la hueva de un domingo, y el efecto de unos cuantos “refrescos de cebada” no me dan ganas de hacerle otra cosa. Espero que les guste, o se acostumbren. Si no, quéjense en el botón de “comentarios” aqui abajo.

The Iceberg